lunes, 22 de julio de 2013

Estancia Jesuítica de Santa Catalina, Provincia de Córdoba.



Historia - 
Como en los viejos tiempos

Por  publicado en La Nación
Patrimonio de la Humanidad y tesoro familiar con más de cuarenta dueños, Santa Catalina es la estancia mejor conservada de la ruta jesuita cordobesa. Un viaje al 1600

Más blanca, imposible. La majestuosa iglesia de un
complejo distinguido por la Unesco.
 
Visitar la estancia Santa Catalina es tomar contacto con uno de los mejores testimonios del siglo XVII y XVIII que se preserva en la Argentina. Porque su estado de conservación y el entorno rural, el mismo que hace tres siglos, lo transportan a uno literalmente a un pasado remoto. Llegar ya es un disfrute. Son apenas 70 kilómetros desde la capital de Córdoba, y desde Jesús María, por la ruta E53, los últimos 13 son de tierra: el camino serpentea y mantiene escondida la estancia, entre las ondulaciones del terreno. De pronto aparece a la derecha un conjunto de casas de piedra y adobe: es la ranchería, el pueblo donde vivían los peones y esclavos, hoy transformado en despensa y bar. Enfrente, el ingreso a la majestuosa iglesia de impactante color blanco.
Santa Catalina está abierta al turismo como museo de sitio, con restricciones para la visita de las zonas residenciales. Pero en una reciente escapada, la Revista tuvo oportunidad de conocer todos los secretos, tanto de la iglesia como de la estancia, en compañía de Daniel de la Torre, uno de sus varios propietarios.
Sus dueños (unos 40) están organizados como un consorcio familiar y se administran con sus propios recursos económicos, sin aportes de otros orígenes. "Esto no es una queja ni lamento, lo asumimos como responsabilidad social", dice Daniel, que es arquitecto y cumple la función de intendente del lugar. La gran mayoría de ellos van asiduamente; cada grupo familiar tiene sus habitaciones predeterminadas, y pasan allí vacaciones, feriados, fines de semana, entre fútbol, asado, cabalgatas, lectura y charlas.
Esta estancia, con su inconfundible templo barroco, se distingue por varias razones: sus orígenes datan de 1622, se trata de la única que sigue en manos de la misma familia desde 1774 y es Patrimonio de la Humanidad de la Unesco desde 2000. Además sigue siendo residencia y lugar de culto, como en los viejos tiempos: no sólo se bautizan y casan los hijos de la amplia familia propietaria, sino que cualquiera puede concertar un casamiento en ella o acudir a misa. Alejandro de la Torre (37) es abogado e hijo de Daniel: "Para nosotros Santa Catalina es parte de la familia. Me bautizaron, me casé y bauticé a mis hijos en la iglesia. Las cosas trascendentes de nuestra vida suceden allí".
La iglesia depende de la parroquia de Jesús María y el párroco oficia misa, como en cualquier templo. Este es un legado del primer comprador, luego de la expulsión de los jesuitas del virreinato: en el acta de compra de la estancia (1774) Francisco Antonio Díaz se asume como patrono de la iglesia y toma la responsabilidad de proveer el pasto espiritual a los pobladores.
LOS ORÍGENES

La Compañía de Jesús se establece en Córdoba en 1599, crea en 1608 el noviciado para la formación de sus miembros y en 1610 el Colegio Máximo, que da inicio a la primera universidad argentina. Para mantener los colegios, los jesuitas construyeron un sistema de 6 estancias con fines productivos.
La historia de Santa Catalina arranca en 1622, con la compra de tierras al herrero Luis Frassón -antiguo miembro de la expedición de don Jerónimo Luis de Cabrera-. Los trabajos de construcción demandaron 150 años.
La estancia es un mecanismo de relojería que sigue funcionando hasta hoy. Una obra de ingeniería hidráulica trae agua del río, a 5 kilómetros, con un pequeño acueducto, y un sistema de túneles abovedados de 250 metros de longitud, para desembocar en el Tajamar. Hoy sigue siendo la única fuente de agua de la estancia, de la pequeña localidad cercana y de los campos aledaños.
El predio tuvo 167.500 hectáreas y se dedicó principalmente a la cría de mulas (llegó a tener 14.000 cabezas), ganado entonces de valor muy superior al vacuno, porque se vendían en el Alto Perú para el trabajo en las minas.
LA FAMILIA DÍAZ
Santa Catalina estaba funcionando a todo vapor cuando Carlos III expulsó a los jesuitas de los dominios españoles, en 1767. La salida de los padres fue intempestiva y traumática, y la estancia se ofreció en subasta pública. Ahí apareció Francisco Antonio Díaz, alcalde de primer voto de la ciudad de Córdoba, en 1774, para comprarla con el compromiso de sostener la iglesia y el culto. Es decir, desde hace 239 años se encuentra en la misma familia, un caso único en el país, especialmente por el valor patrimonial del lugar.
El español Díaz, coronel del Ejército Real, pagó 90.717 pesos y 4 ½ reales, y realizó su propuesta de compra en estos términos: "Me allano a comprarla con todas sus tierras, esclavos, edificios y ganado bajo las siguientes condiciones: que la iglesia haya de quedar a mi disposición, reconociéndome como patrono de ella. me haré cargo de los gastos. manteniéndola con toda la decencia. Teniendo un capellán que suministre el pasto espiritual. entregándoseme todas las alajas (sic) y ornamentos". Así se firmó la escritura.
Su segundo dueño, el coronel don José Javier Díaz, fue el primer gobernador patrio elegido por los cordobeses en 1815 y 1820. En su rol de 2º jefe del regimiento de tres mil hombres de Córdoba, participó en la reconquista de Buenos Aires, fue dos veces gobernador de Córdoba, impulsor del Congreso de Tucumán de 1816 y sostén de la campaña libertadora del General San Martín con 100 mulas ensilladas y ropa de abrigo producida en los telares de Santa Catalina.
LA ESTANCIA
El casco se componía de la iglesia, el cementerio, la residencia, los talleres y la huerta: es un conjunto amurallado de unas 8 hectáreas, más la ranchería con sus 50 habitaciones. Se hacía de todo en la estancia, hasta la ropa y los sombreros para los peones. Tuvo molinos, hornos de ladrillos y tejas, carpintería, bodega, panadería, jabonería y hasta lechería.
Santa Catalina era un complejo ganadero, agrícola y artesanal, en el que se criaba ganado mular, caballar, bovino y ovino, se hacía agricultura y fruticultura. Su giro productivo no fue menor: según los inventarios en los tiempos de la expulsión, los indios conchabados y esclavos eran más de 500 (al momento de la tasación significaban un 33 % del valor de la estancia).
Como mostró Carlos Mayo, "el ideal de la empresa jesuítica es la autosuficiencia, vender y no comprar, diversificar la producción dado el empleo masivo de mano de obra esclava". Los esclavos producían todo lo necesario para su subsistencia y la de los conchabados.
El inventario de 1767 releva una chacra para el cultivo de trigo, 12 arados con sus rejas, y una huerta donde se levantaban entre vides y nogales, 314 membrillos, 200 durazneros y 207 manzanos.
En la ranchería (habitaciones de piedra, barro, y techos de tirantes, cañas y tejas) vivían quienes trabajaban en la estancia. Las esclavas solteras lo hacían en una casa de cinco habitaciones cercadas.
El patrimonio que compró Díaz hace dos siglos y medio tiene un valor histórico incalculable: hay instrumentos musicales (un clave, siete violines, dos violones, una trompa marina y un arpa) y numerosos objetos expuestos en la iglesia: la llave del sagrario de plata, vasos para la comunión, candelabros, cruces, relicarios, mobiliario y numerosas imágenes y esculturas.
La fachada de la iglesia y el cementerio forman un conjunto imperdible de estilo barroco como el que dominaba la arquitectura palaciega y eclesiástica durante el siglo XVII en el centro de Europa. En su cementerio queda la lápida del nieto de Francisco Antonio Díaz, Gabriel Díaz (1817-1856), que recuerda una historia trágica de engaños. La lápida no tiene signos religiosos porque murió asesinado en una incómoda situación de amores.
HISTORIAS CURIOSAS

Personajes y sucesos se cruzan en el rico pasado de Santa Catalina. Una historia repetida entre la familia es la de Doménico Zipoli, músico y hermano jesuita que vivió y murió en Santa Catalina. Fue un experto en música litúrgica barroca: sus restos se encuentran en el pretil de la iglesia recordados con una pequeña placa.
Entre los Díaz prevalecieron los sentimientos mayoritariamente unitarios, en una época fuertemente federal. En ese contexto, el joven Felipe Díaz se dirigía a reunirse con grupos unitarios del general Paz en 1841 cuando fue detenido y se ordenó su fusilamiento. El destino quiso que uno de los encargados de efectuarlo sea un ex peón de Santa Catalina, entonces soldado federal, quien lo dejó huir. Como agradecimiento, Felipe le regala sus botas de potro y le hace una promesa: hacer una función religiosa en homenaje a Santa Catalina de Alejandría, promesa que se cumple en forma continua desde 1840, todos los últimos domingos de enero.
Fue estrecho el vínculo de Santa Catalina con Julio Argentino Roca y el cordobés Miguel Juárez Celman, quienes discutieron la política nacional en sus salones. Elisa Funes Díaz era la mujer de Juárez Celman, hermana de Clara Funes Díaz, que se casó con Roca. La estancia La Paz, que era parte de la Estancia Santa Catalina, la heredan Elisa y Clara de su madre Guillermina Díaz de Funes. Roca amplía el casco y hace un parque de 100 hectáreas diseñado por Carlos Thays. Elisa y Clara veraneaban en Santa Catalina, y Juárez Celman y Roca tenían una gran amistad con Gregorio Gavier, otro integrante notable de la familia de Santa Catalina.
Gavier, gobernador de Córdoba que sucede a Juárez Celman en 1883, fue un dirigente liberal que tuvo peleas con la Iglesia Católica y llevó adelante medidas progresistas en la provincia (por ejemplo, en su gestión llegó el teléfono). Daniel Gavier, su hijo, trajo de Europa la tecnología de producción del cemento portland e instaló en 1906 la primera fábrica de cemento de América del Sur. Daniel Gavier era el abuelo de Daniel de la Torre, quien nos llevó a recorrer la estancia.
En Santa Catalina también se sintió la tensión clave del siglo XX, entre peronistas y antiperonistas. A Alejandro Díaz Bialet lo miraban raro: fue juez hasta el 55, y en los 60 empezó a actuar en política junto a Jerónimo Remorino (canciller de Perón desde el 51). Participó de la Hora del Pueblo, del Frejuli, y fue electo senador en marzo de 1973 por la Capital en la elección que ganó Héctor Cámpora, para pasar a ser presidente provisional del Senado. Su hija, Cristina Díaz Bialet (casada con Daniel de la Torre), lo recuerda así: "En Santa Catalina se cruzaban una mayoría de católicos y liberales con los nacionalistas y peronistas. Mi papá fue casi un accidente geográfico, un auténtico peronista entre tantos liberales".
Por poco Díaz Bialet no fue presidente: cuando renuncia Cámpora y es elegido Perón, por ley de acefalía debía ocupar el cargo transitoriamente Alejandro Díaz Bialet, por ser presidente de la Cámara de Senadores. Como no era de extrema confianza de Perón, fue el enviado argentino a la reunión de países no alineados, y quedó a cargo del Poder Ejecutivo el titular de la Cámara de Diputados Raúl Lastiri.

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video fotos Emmy Werner  y dibujos Urbansketchers Santa Fe

Estancia Jesuítica de Santa Catalina, Provincia de Córdoba.
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publicado en urbanseketcher Santa Fe Argentina


Sección dibujos de viaje
Estancia Jesuítica de Santa Catalina, Provincia de Córdoba.



  


Conjunto arquitectónico de Santa Catalina. Dibujo de Andrés Francesconi.









Familia dibujante. 
Un domingo de viaje por las sierras de Córdoba. Caminos de tierra, en la búsqueda de una joya de la arquitectura jesuítica.
Tres croquiseros, un novato prometedor, un hermoso cielo de invierno y la bella arquitectura  a tono.
Algunos dibujos arrebatados como un valioso botín.



Fachada Principal. Dibujo de Ariel Pérez Cepeda



 Torre y Cúpula. Dibujo de Ariel Pérez Cepeda 



Acercamiento a fachada. Dibujo de Ariel Pérez Cepeda


Vista lateral de Fachada. Dibujo de Vanessa Pérez Cepeda.



 Imagen de Conjunto. Dibujo de Andrés Francesconi.


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Arquitectura colonial en la Argentina 
Arquitecto Juan Kronfuss
Año 1920
Reducciones y conventos - Capítulo IX


..."A la época colonial pertenece tambien un grupo de construcciones cuya característica recien hemos podido precisar, y, por lo tanto, no les dábamos un nombre determinado. Si las llamásemos conventos, las presentaríamos como la vivienda claustral pues que con tal nombre se distinguen en Europa, incurriríamos en un error, porque no estaban destinadas a tal fin. Más acertado es llamarlas reducciones, según la analogía que tienen con las reducciones de Misiones.

Reducciones hay en el territorio de Misiones, cuyas primeras construcciones se descubren por los escombros, que se han aprovechado en obras posteriores. Al desaparecer las primeras, la Argentina ha perdido un interesante y verdadero documento histórico, que no hay libro que lo contenga más valioso.
En el siglo XVIII, -al que pertenecen la mayoría de las reducciones- la colonización progresó notablemente; y en el territorio de las reducciones no se trataba ya de civilizar al indio, sino a sus descendientes y a las familias criollas de las que el indio era enemigo tenaz, y combatía tanto, cuanto exigía su instinto destructor y sanguinario.
Para estudiar una, al menos, de estas colonias, cuyo trabajo y progresos estaban en manos del misionero jesuita, conviene tomar una de las que mejor se conservan, tal como el convento de Santa Catalina, en la Provincia de Córdoba; el que, a pesar de su parte ruinosa, presenta mucho reconstruible, pudiéndose con facilidad descubrir la idea dominante y establecer entre ella y la obra, la relación que ayuda al concepto general. De esta construcción he levantado planos exactos, que sirven de base a mis declaraciones, corno los datos recogidos sirvieron para formar mi criterio sobre estas obras.
Del tiempo posterior a la expulsión de los jesuItas, abundan documentos; encuéntranse inventarios y títulos de compras de carácter particular; pero muy pocos son los que nos hablan de la organización, desarrollo y funcionámiento de la colonia y reducción en la Provincia de Córdoba, reduciéndose la mayoría de estos escritos a descripciones de viajeros visitantes, y a la que transmiten sus impresiones. En estas descripciones predomina la crítica elogiosa al trabajo realizado, a la constancia de aquellos pobladores; figurando detalles de sus vidas, y sobre todo los del viaje que el visitante ha realizado con tanta dificultad, llegando a su destino al cabo de tantas molestias y fatigas.
Nos faltan datos relativos a los sistemas de organización y funcionamiento de la reducción y de la colonia.
Debido a esto, me limitaré a exponer lo que los planos dan lugar a deducir, a más del resultado de mi estudio sobre el particular.
En el libro de Pablo Hernandez sobre las Misiones del Paraguay hay una publicación de una planta antigua de las Reducciones en Misiones. Se reconoce fácilmente que la planta representa la idea general que servía corno base para todas las construcciones destinadas a la reducción de los indios. Como aún hoy en día las oficinas públicas son esclavas de «ciertos tipos» de escuelas que se repiten indefinidamente, este plano fué un modelo con el cual salieron los padres encargados de fundar las reducciones.
Hay sin embargo diferencia entre los «tipos» de antes y los de hoy en día. Antes se repitió la idea, pero variaban las formas con la libertad de la fantasía, más hoy repetimos las mismas formas mezquinas de una misma idea pobrísima.
Las reducciones de las Misiones son en sus formas tan diferentes como lo son las de la Provincia de Córdoba. Se reconoce la misma escuela en ciertas formas y la misma mano que colaboró en la ejecución de la idea genera -sin repetir una forma que hubiere sido aplicada ya en otra iglesia. Había un respeto en cuanto a las ideas artísticas del prójimo, sin tener leyes de autores como hoy en día. El éxito del uno ha estimulado al otro para crear algo mejor. Se puede por esa razón fácilmente determinar cual parte de herrería o carpintería, fué el primero en ser ejecutado.
Hay siempre en las obras posteriores una mayor riqueza en los detalles, una mejor ejecución, un vencimiento mayor de dificultades técnicas en comparación con las obras anteriores.
Pero investiguemos antes de todo la idea general del «tipo» comparando las plantas de las reducciones de las Misiones con las de la Provincia de Córdoba. Poniéndonos en el eje mayor de la iglesia y mirando contra el altar vemos a la derecha de la iglesia un patio de honor, alrededor del cual se agrupaban salas, aulas, habitaciones de padres y huéspedes. Con este patio de honor o de lujo, hay otro patio casi del mismo tamaño como el primero, sin arcadas, sin arquitectura y sin adorno. Un patio para el servicio y para los quehaceres diarios para la administración de la casa. Herrería, carpintería, depósitos, talleres, dormitorios para obreros y piezas para la fabricación de telas, géneros, velas y todo lo que necesitaban para la vida diaria.
El primer patio tenía comunicación directa con la sacristía, y la sacristía siempre tenía una comunicación directa con el campanario. La planta reunía siempre las comodidades alcanzables y como distribución estas plantas son inmejorables. A la izquierda de la iglesia estaba siempre ubicado un pequeño cementerio que por su pequeñez ya no podía servir para otras personas que para los mismos padres que habitaban en la casa.
En frente de la iglesia estaba la Plaza, cuyo centro estaba adornado con la cruz erigida al mismo tiempo con la determinación del lugar para la construcción. En el frente de la iglesia las pequeflas casitas para los indios, todas de igual tamaño y aspecto, formando una pieza con pequeña galería por delante. Esa forma de una planta para aldea se reconoce todavía en el simpático y hermoso paraje del pueblo San Marcos de la Sierra (Córdoba).
A un lado de la Plaza se ubicaba la ranchería, en la cual vivían las familias de los esclavos en pequeñas chozas construidas de barro, algunas veces de construcciones más resistentes. En las reducciones de Córdoba faltan las casitas de los indios. Se ve pues, que la idea se basaba sobre un fundamento falso. Creyendo que los indios en la Provincia de Córdoba se podían reducir tan fácilmente como los de las Misiones, se pusieron a construir sus grandes iglesias; pero, estos indios que venían a prestar su ayuda en las construcciones, no querrían vivir en una casa y preferirían una vida nómada a la vida tranquila en un lugar fijo. Como hasta hoy fracasaron todos los ensayos en los varios países para reducir a los gitanos, así resultaron inútiles todos los trabajos realizados en este sentido por los padres colonizadores.
Más lejos, en un terreno adecuado se ubicaba el molino. Con estos elementos principales se formaba pues, la reducción tal como sucedió en las Misiones, como puede verse en las plantas comparativas que acompañan este estudio.
Como la primera idea falló en sus fundamentos estas instalaciones y colonias se convirtieron en centros de provisiones para varias instituciones en la ciudad de Córdoba.
Se formaban varias ramificaciones de la estancia central según el terreno que encontraban y utilizándola siempre en la forma más conveniente. Así por ejemplo, la reducción de Santa Catalina sostenía con sus productos el noviciado de los jesuitas en Córdoba y los gastos de la curia provincial. A esta administración pertenecía Ongamira y muy probablemente Candonga. Calamuchíta fué el retiro de los ancianos del ejercicio.
Alta Gracia mantenía con sus productos al Colegio Máximo y producía principalmente, telas, tejidos, frazadas, suelas y cordellates. Los productos primarios para estos talleres se proveían de Candelaria, donde criábanse ovejas, carneros, mulas, fabricaban quesos y sacaban lana.
De Jesús María con la reducción de San Isidro venía el vino y vinagre. Allí fueron almacenados los productos primarios que llegaban de las estancias dependientes. De San Isidro dependían Sinsacate y Caroya.
Claro que todas estas estancias producían granos y otros productos de alimentación que se necesitaban para la vida. El maíz y trigo fue mandado a los pequeños molinos movidos por el agua de la acequia para volver molido a los grandes depósitos de los claustros.
Sobre esa materia los historiadores no tienen mayores estudios; los pocos que hay son apuntes particulares pero aún sin suficientes comprobantes. De mi parte hice todo lo posible para facilitar el trabajo de los historiadores levantando los planos y completando lo que faltaba para su terminación y sacando todo lo que fué agregado más tarde dejando en claro así la idea fundamental.
Que sea más grande o más pequeño el grupo de construcción que existe todavía siempre se reconoce el alma tranquila y feliz que habitaba entre sus muros y se reconoce a quienes creaban estas obras. Ese amor a Dios y a la gran naturaleza, a sus bellezas y hermosos paisajes, esa tranquilidad y equilibrio del alma ¿cómo podía evidenciarse mejor que en los miradores que no faltaban en ninguna de sus construcciones?... Pero no son esa clase de jaulas en los techos de nuestras construcciones modernas que nosotros con mucha audacia llamamos miradores y a los cuales el hombre sube por medio de escalones de gallinero y que se ponen mas por «adorno» que para otra cosa. Es imposible ver de estos «miradores» un paisaje y perderse en el alma del infinito.
Muy diverso es el mirador de San Isidro. Construído en forma de dos sillones de mampostería sobre el techo permite pasar la vista sobre la sierra y la llanura que rodeaba su pequeña colonia. Dos cómodas sillas, nada más.
Eso quiere decir, dos hombres sólos cambiando ideas. No un banco con muchos asientos para la charla de tonterías entre varias personas, sino sólo dos sillones para quedar en contacto con un alma paciente en la gran naturaleza y sus hermosuras. Ya en esa idea hay más de solemnidad y grandeza que en todas las torres de Eiffel del mundo.
Allí una grandiosidad del alma, allá un recuerdo a la vanidad, un monumento al producto de la máquina, aquí la civilización y allá sólo la cultura.
Allá una torre de Babel para desafiar a Dios, aquí una idea sacada desde la profundidad del alma.
Y por eso cabe preguntar si habrá muchos entre la generación moderna que estimen estos recuerdos de un pasado grande y feliz. Sea el juicio de nuestro tiempo en pro o en contra de la idea de las reducciones, hay que reconocer que hombres que sentían en su alma esta felicidad y tranquilidad que da la naturaleza, tenían un único deseo que era hacer participar esa felicidad a todo el mundo, hasta a los indios salvajes.
Hay que conocer el alma de una época para comprender el estilo de la misma. Por fin el estilo no es forma - como piensan muchos - sino un sentimiento de una época"...

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